ALGUNAS NOTAS HISTÓRICAS SOBRE EL CONVENTO DE LA MADRE DE DIOS
DE HUÉSCAR (GRANADA)
Hace más de cuatro siglos que la comunidad de religiosas de la Orden de Santo Domingo está entre nosotros. Separadas del mundo por las tapias venerables de un convento centenario, estas monjas de clausura han sido siempre un referente de la profunda y constante religiosidad del pueblo oscense. De cada generación, Dios ha elegido, como primicia privilegiada, un grupo de almas y las ha reservado para sí.
Para nosotros, oscenses de hoy, las Madres Dominicas son como siluetas familiares que salen algunas veces de un recinto misterioso al que pocos han podido acceder. Se sabe quiénes son, pero se ignora cómo viven, cómo rezan, cómo es el convento por dentro, cuál ha sido su historia...
No han sobrevivido a las convulsiones de las distintas épocas los libros de fundación de la comunidad, ni los de gastos de fábrica, ni los de asiento de las religiosas; tenemos pocos datos del ayer, espigados en diferentes fuentes, y por eso debemos hacerlos públicos para un más general conocimiento.
En la segunda mitad del siglo XVI, el ducado de Alba prometió su apoyo para fundar un
convento de monjas en la que entonces era “su ciudad”. En documento que se conserva en el
Archivo Histórico Municipal de Huéscar, don Fernando Álvarez de Toledo, que se encontraba
en la Puebla de don Fadrique, el día 24 de febrero de 1564, manifiesta que “por quanto por parte
del Concejo, Justicia y regimiento de la dha mi ciudad de Huesca me ha sido hecha relación
diziendo q por haver creçido la vecindad della y de sus arrabales e yr cada dia en augmento, ay
gran necessidad de un monesterio de monjas, donde los vecinos de la dha ciudad y de su
jurisdicion que tienen y tuvieren hijas, metiendo algunas en religión las puedan remediar en
stado más perfecto y con más comodidad q casándolas, lo puedan hazer, por lo qual tienen
tratado de fundar un monesterio de religiosas de la orden de sancta Clara en el hospital que está
junto a la yglesia de la Madre de Dios extramuros de la dha ciudad”, se compromete a ceder de
sus posesiones un total de trescientas fanegas de tierra de labor en el Campo de Bugéjar
.
En octubre de 1569, la duquesa doña María Enríquez, en ausencia del Duque, que se hallaba
poniendo orden en la complicada situación política de los Países Bajos, concedió otras
doscientas fanegas de tierra en la zona de Loma Rasa “al conbento de monjas de la horden de
santa Clara, que al presente se quiere hazer” en Huéscar, lo que se llevaría a cabo cuando “el
dicho conbento de santa Clara adbocación de sant Antonio … tenga abadesa y en cantidad de
seis monjas, e que estas e las que más ubiere tengan obligacion de rogar a dios por los señores
que al presente son y adelante fueren de ese estado de Huescar”
.
Tiempo después, las religiosas clarisas se dirigieron a la Duquesa para pedir la ampliación del
convento que se iba a fundar junto al hospital de los pobres
.
Pero, sin embargo, ni el ducado de Alba ni la orden de Santa Clara llevarían a cabo la fundación
de este convento
. Sería Dª María Chinchilla, viuda de Micer Ruiz, caballerizo del emperador
Carlos V, quien donaría los caudales suficientes para levantar un amplio edificio sobre los
solares de unas casas que fueron de moriscos expulsados tras la guerra de 1569-70
. Esas casas
formaban parte de los arrabales de la ciudad, que nacían frente a la Puerta del Sol y buscaban
el camino de Galera
.
En 1576
llegaron a Huéscar, procedentes del monasterio dominicano de Nuestra Señora de Alta
Gracia, en Ciudad Real, Sor Beatriz Carrillo y algunas compañeras, que fueron las primeras de
una larga lista de vocaciones ininterrumpidas.
Entre los documentos del Archivo de Protocolos Notariales de Granada se puede leer una carta
de poder otorgada por las religiosas del monasterio de la Madre de Dios de Huéscar Sor María
de Mena, priora, Sor Catalina Carrillo, subpriora, Sor Catalina de Sena, Sor Isabel Evangelista
y Sor Alodía de San Juan, “monjas profesas en el dho monesterio, estdo juntas a toque de
campana como lo abemos de costumbre”, autorizando a Pedro Juárez, mayordomo del convento,
para actuar en nombre de las religiosas en cualquier diligencia de carácter económico o judicial
que se presentase. El documento está firmado por el escribano público Juan Valentín en once
de octubre de 1578
. Posiblemente eran algunas de las primeras religiosas que llegaron dos años
antes.
El nombre del convento fue, al menos hasta la segunda mitad del siglo XVIII, el de “San
Antonio de la Madre de Dios”, y como tal figura en la mayor parte de los documentos que
poseemos de aquellas épocas; sin embargo, en el responsorio que las parroquias oscenses
remitieron a requerimiento del Cardenal Lorenzana, Arzobispo de Toledo, en 1782
, se dice que
su nombre es “de la Encarnación”.
En 1634, el rey Felipe IV concedió una carta de privilegio
sobre juro de heredad de 69.682
maravedís en favor del convento, llamado en este caso “de Nuestra Señora”
, con renta
impuesta sobre las alcabalas de Castril. El donante había sido D. Juan de Gamboa, patrono del
convento desde 1626, en cuya capilla mayor poseía enterramiento para él y para los suyos. Debía
decirse por su alma e intenciones una misa rezada diaria
, con su responso, y una de ellas, cada
mes, cantada. Para ello se crearon dos capellanías, con sus dotaciones económicas correspondientes.
Al ser este monasterio, además de destinatario de vocaciones sinceras, refugio honorable para
las muchachas de la buena sociedad oscense, se vio favorecido desde el principio por donaciones
de tierras y edificios, lo que permitía una situación desahogada para sus moradoras, al menos
hasta el primer tercio del siglo XIX. La familia de la novicia que ingresaba en el convento debía
entregar una dote en metálico que oscilaba según sus posibilidades económicas
.
Un informe realizado durante el reinado de Carlos III nos hace saber las propiedades del
convento dominicano: “En esta ciudad hay dos mesones, que el uno pertenece a Su Excelencia
el Duque de Alba y el otro al convento y monjas de la Madre de Dios de esta dicha ciudad y está
arrendado en 600 maravedís. Un horno de pan que produce cada año 200 reales de vellón, un
hospital llamado de la Madre de Dios para peregrinos y algún pobre de solemnidad, una casa en
la calle de Baza, otra en la del Argelejo, dos en la del Peral, dos en la de los Morales, una en el
Tinte, dos en la de las Tiendas, una en la de San Francisco, además de una extensión enorme de
fincas y tierras sueltas”
.
En mayo de 1762, las religiosas arriendan a Juan Martínez Peñalver la huerta llamada “de la
Balsa”, “que está debajo del mesón de este convento
, con sus tierras, árboles, parras, casa y
balsa” por cuatro años a 900 reales/año
.
En 1775, el convento vende a D. José Jaudenes, médico, dos viñas, con 3341 cepas, y 100
fanegas de tierra de secano en Jubrena, por un total de 2962 reales
.
En febrero de 1822 arriendan a Francisco Cazorla y su mujer el mesón o posada “de las Monjas”,
por cuatro años y dos mil doscientos reales anuales
.
Por los escasos datos con los que contamos, el número de religiosas oscilaba de unos períodos
a otros, aunque, en general, fue disminuyendo a lo largo de la segunda mitad del siglo XVIII. En
los últimos años de la centuria anterior, el Arzobispo de Toledo, D. Pascual de Aragón, al pasar
por Huéscar en Visita Pastoral, preguntó a los eclesiástico si conocían a alguna joven con
vocación, que él pagaría la dote. Se le propuso a Francisca de la Jara, pero ésta, después de
meditaciones y consultas, prefirió seguir de terciaria franciscana
.
Si, según el padrón municipal de 1752, el convento contaba entonces con 44 religiosas, diez años
después la lista era la siguiente: Dª Tomasa Ruiz Marín, priora, Dª Elvira Troyano, subpriora,
Dª Damiana Artés (¿Arrés?), Dª María Girón, Dª Antonia García, Dª Teresa de Buendía, Dª
Francisca y Dª Magdalena Sánchez, Dª Teresa Ruiz, Dª Mariana Hurtado, Dª Pascuala Ruiz
Marín, Dª Alfonsa García, Dª Elena de Buendía y Dª Manuela Vázquez, estas tres últimas
depositarias, todas de coro y velo negro, “las que confesaron ser la maior parte de las que ai en
él”
.
Los datos que poseemos sobre las religiosas del siglo XX son, por suerte, más completos. Sor
María Ángel Teruel ha escrito recientemente un opúsculo que comprende los recuerdos que le
transmitió la Madre María Arrés, que ingresó en el convento en 1911, y los suyos propios, de
gran interés para la historia reciente de la comunidad
.
En los años tristes de la Desamortización, a las monjas se les arrebató cuanto poseían en fincas
urbanas y rústicas
, sólo se les dejó el monasterio, la iglesia y el huerto.
En el verano de 1936, como consecuencia de la despiadada persecución religiosa de aquella época, fueron expulsadas del convento, que les fue incautado, y se dispersaron por las casas de familiares o en sus pueblos de origen. Altares, cuadros, imágenes y objetos litúrgicos del convento y de la iglesia fueron destruidos, y ésta última convertida en hospital para los heridos en el frente de guerra. En febrero de 1937 fue torturada y muerta Sor San José (Ascensión Sánchez Romero), de 78 años de edad, cuyo proceso de beatificación está ya concluido, a la espera de que en Roma la Iglesia haga proclamación pública de haber sido mártir de la fe.
El edificio conventual se levantó, como ya se ha dicho, sobre los solares de unas casas
compradas a los moriscos exiliados tras la guerra de 1569-70. Por dentro y por fuera, el convento
ha sufrido intensas transformaciones. En la fachada actual puede observarse, a la derecha, una
portada de piedra rematada por una hornacina de ladrillo que tal vez custodió en otro tiempo
alguna imagen. A continuación, el cuerpo principal del monasterio y, a la izquierda, la actual
entrada a la iglesia, con su portada de piedra, descubierta y limpiada hace poco
. Antiguamente
había, siguiendo la fachada, cerrado al exterior por una tapia, un patio o compás
, en cuya pared
lateral se abría la primitiva entrada al templo; este patio fue vendido y sobre él se construyó una
vivienda. Más a la izquierda, se levantaba el llamado “mesón de las monjas”, que lindaba con
una estrecha calle que baja a la huerta de la Balsa, también propiedad de la comunidad, como
hemos visto anteriormente.
A los pies de la iglesia, donde ahora está el cancel de entrada, y hasta la pequeña columnata que
lo separaba del resto del templo, se encontraba el coro bajo. Allí, y en el suelo del claustro, se
enterraban las religiosas difuntas hasta las primeras décadas del siglo XX. Sobre ese recinto se
levanta el coro alto, construido en los últimos años del siglo XVI
.
En el lateral derecho de la iglesia, frente a la primitiva entrada, hoy tapiada, está el coro en el que actualmente las religiosas rezan la liturgia de las horas. La estancia es una acogedora capilla con techo sostenido por robustas zapatas, y con una sillería de madera de pino en tres de sus lados, todo muy sencillo y austero.
El convento cuenta con dos patios: uno amplio y abierto, el del aljibe o de las flores, rodeado de una arcada hoy desaparecida, cuyo proyecto de restauración, redactado en 1865, no llegó a tiempo de impedir su derrumbe; y otro, más antiguo, de estilo mudéjar. Este encantador patio, de tres plantas, con barandas de madera, está bien conservado y posee en el centro una fuente instalada en una pila renacentista de mármol, artísticamente labrada, gemela de la que ahora se utiliza como pila bautismal en Santa María. Posiblemente sea ese claustro, silencioso y recogido, que invita a la oración y al diálogo meditativo con la Divinidad, la parte menos transformada del convento. Desde luego, es su joya.
Con entrada por el huerto, bajo el altar mayor de la iglesia, se halla la cripta conventual, en donde duermen el sueño de la paz numerosas religiosas, entre las que merece destacarse la monja mártir Sor Ascensión Sánchez.
Las últimas restauraciones de los tejados del convento y de la iglesia, a la que se ha colocado nueva solería y moderna iluminación, han devuelto a estos edificios algo del antiguo esplendor, aunque la preocupante falta de vocaciones pone en peligro no sólo la supervivencia de la comunidad, sino también la propia existencia física de unas construcciones que tienen su razón de ser en la profunda fe del pueblo oscense a lo largo de estos últimos siglos. Esperemos que la ayuda del cielo y la colaboración de los hombres impida la destrucción de lo que tanto esfuerzo costó levantar para gloria de Dios.
Gonzalo Pulido Castillo
Miembro del Centro de Estudios “Pedro Suárez” de Guadix
(Publicado en el catálogo de la exposición "Contemplación". Huéscar 2007)
ÍNDICE: Portada / Trabajos de Historia / Mis versos / Temas literarios y musicales / Otros temas / Versos ajenos / Álbum de fotografías / Viaje de estudios / En clase de Lengua / Apuntes de Literatura / Textos de alumnos /