UNA APROXIMACIÓN A LA
HISTORIA DE HUÉSCAR
Por Jesús Daniel Laguna Reche,
licenciado en Historia
Conferencia dada el día 21 de febrero de 2006 en el I. E. S. “La
Sagra” de Huéscar
La zona más septentrional
de la provincia de Granada, es decir, la comarca de Huéscar, tuvo desde los
tiempos más antiguos de la existencia humana ventajas sobradas para que el
hombre se asentase en ella. Así, la gran riqueza forestal del medio, mucho mayor
que en la actualidad, y la abundancia de fuentes y nacimientos de agua, que
forman variados e importantes cauces, proporcionaban unos recursos alimenticios
y materiales que, en mayor o menor medida, no fueron desaprovechados. Así lo
atestiguan las pinturas rupestres de estilo levantino realizadas en época
prehistórica en un pequeño abrigo rocoso junto a la Piedra del Letrero, lugar
simbólico para nuestra ciudad y que todos conocemos. Estas pinturas, muy
esquemáticas y que representan algo que no sabemos, constituyen hasta ahora la
más antigua huella que ha dejado el hombre de su paso por el actual término
municipal de Huéscar.
Muchos miles de años posteriores a esas
pinturas son los vestigios de lo que tradicionalmente los vecinos de Huéscar han
llamado “Huéscar la Vieja”. Se trata de un antiguo poblado de época ibérica
situado en lo alto de la sierra de la Encantada, lugar privilegiado para vigilar
las tierras de alrededor y resguardarse de posibles enemigos, y del que no
sabemos casi nada, tan sólo que seguramente fue abandonado en la Edad Media, a
juzgar por alguna punta de flecha de hierro que allí ha aparecido. Este poblado,
que debió llamarse algo así como “Úskar”, no fue muy importante. El mayor núcleo
de poblamiento era entonces Tútugi, antecesora de la actual Galera.
Algo más tarde los romanos, que no dejaron
sin pisar un solo rincón de la Península Ibérica, hicieron acto de presencia en
estas tierras y se establecieron en la vega, alejados ya de las cumbres frías,
pedregosas y difíciles de la sierra, para aprovechar la riqueza agrícola que
proporcionan nuestras tierras de cultivo, la abundancia de agua y la bondad de
nuestro clima, a pesar de los rigores y las heladas del invierno. Aquellos
romanos que vivieron aquí fundaron una villa en el actual pago de Torralba,
nombre que nos habla de una “turris alba” o torre blanca que habría en los
alrededores. De esa villa romana se conservan unos fragmentos de mosaico y
estructuras de viviendas, y muy posiblemente también de allí procedan los
enormes sillares de piedra que todos hemos visto en la esquina de la calle
Alhóndiga, junto al Arco del Santo Cristo, adonde fueron llevadas seguramente
por los musulmanes en tiempos medievales. Algunas de esas piedras son lápidas
sepulcrales y conservan perfectamente las inscripciones, con dedicatorias a los
dioses Manes, divinidades con mucha devoción en Hispania. En su conjunto, estas
piedras formaban parte de un panteón, estructura funeraria a modo de habitación
muy empleado en el mundo romano.
Siempre se ha dicho, incluso se ha
publicado, que los romanos llamaron a su villa de Torralba “Osca”, pero esto no
es cierto. Mantuvieron el nombre ibérico “Úskar”, y la única Osca que hubo fue
la ciudad aragonesa de Huesca.
El actual pueblo de Huéscar es una
fundación de época medieval, realizada por los musulmanes del Reino de Granada.
Ellos demostraron sus conocimientos de ingeniería y construyeron numerosas
acequias para llevar a sus campos el agua que baja de la sierra. Esas acequias
han llegado hasta nosotros incluso con sus nombres originales: Almohala,
Alozaya, Almazaruca.
En esta época, la Edad Media, la sierra de
la Sagra era la frontera entre el reino cristiano de Castilla y el islámico de
Granada, último reducto musulmán de la Península Ibérica y al cual pertenecía
nuestro pueblo. El hecho de vivir en plena frontera exponía a los habitantes de
Huéscar a un constante peligro de incursiones cristianas cuando se acercaba la
primavera, porque en invierno ningún rey organizaba campañas militares. Para
defenderse de los más que posibles ataques de los cristianos castellanos, los
musulmanes construyeron numerosas atalayas de piedra en los alrededores del
pueblo para vigilar los caminos y lugares de paso. De aquellas atalayas se
conservan aún las de Gotardo, en el Campo de la Puebla, sierra de la Encantada y
carretera de las Santas, cerca del cerro de Perico Ruiz.
También para su defensa construyó la
población de Huéscar una muralla con varios torreones que rodeaba todo el casco
urbano. Detrás de los muros no había casas. Esa muralla, de la que actualmente
se conserva una parte embutida en la estructura de algunas viviendas, partía del
Arco del Santo Cristo y corría hasta la esquina de la cuesta del Tinte, paralela
a lo que hoy es carretera de Murcia, subía por la cuesta del Tinte y continuaba
por las calles Carril y Nueva, bajaba desde la esquina de la Plaza Mayor hasta
el Arco dejando a lo que hoy es el Paseo del Santo Cristo a su derecha. Quedaban
por tanto dentro del recinto amurallado las calles Alhóndiga, Tiendas, Callejón
de la Quica, Santa Ana, Aceitería, Ceballos y Morería. Conocemos el origen de
algunos de estos nombres: la Alhóndiga era la posada donde los viajeros y
caminantes podían, junto a sus bestias y caballos, comer y descansar antes de
proseguir su camino. La calle Tiendas debe su nombre al hecho de haber sido
durante siglos la principal vía comercial del pueblo. El pequeño callejón de
Santa Ana nos recuerda que allí hubo un beaterio, lugar donde las mujeres más
devotas y piadosas se encerraban para vivir como las monjas de clausura. Es
posible que este beaterio estuviese en el lugar de la antigua sinagoga judía
(porque en Huéscar también hubo judíos). Y la calle Morería indica que fue en
esa parte del pueblo donde los cristianos mandaron a vivir a los moriscos tras
la conquista.
En la muralla había al menos dos puertas.
Una, llamada “Puerta de Castril”, estaba en la entrada a la calle Tiendas por la
Plaza Mayor. Estaba hecha de piedra y en el siglo XVI se le puso un escudo del
duque de Alba, señor de Huéscar, tallado en piedra. La otra puerta, llamada
“Puerta del Sol”, era el actual Arco del Santo Cristo, que en otros tiempos sí
tenía forma de arco, y era la salida al camino de Galera. Por ese lado la
muralla no necesitaba ningún foso alrededor porque el terreno no era llano como
ahora; muy al contrario, era un enorme terraplén casi inaccesible a pie e
imposible a caballo. Sabemos por las crónicas escritas de los cristianos que la
mayor dificultad para colarse en el pueblo estaba precisamente en ese lado. La
muralla parece que tenía dos alturas diferentes y un adarve o pasarela de
vigilancia, de modo que los asaltantes tenían que escalar dos veces y luchar
contra dos filas de soldados. La Puerta del Sol tenía muy cerca una puerta falsa
que permitía a los sitiados huir con cierta facilidad.
La muralla se conservó bastante bien
durante largo tiempo, y todavía a mediados del siglo XVIII sabemos que había
varios torreones en pie. El último de ellos se mantuvo hasta la década de 1940,
cuando fue derribada para construir la actual plaza de toros, inaugurada el año
1945. Por entonces el torreón era una vivienda conocida como la “Casa Honda” y
tenía un escudo en la puerta que, por desgracia, no se conservó. Sí quedan aún
algunos restos de lo que fue la torre del Homenaje de la fortaleza árabe, torre
que también fue habitada y utilizada como molino. Es donde están colocadas las
lápidas romanas.
En más de una ocasión tuvieron oportunidad
los musulmanes de demostrar la resistencia de sus murallas y torreones. La Orden
Militar de Santiago, desde su fortaleza jiennense de Segura de la Sierra,
lanzaba habituales ataques. Consecuencia de ello es que en varias ocasiones la
población cambiase de dueños: unas veces era mora y otras cristiana. Uno de esos
ataques, memorable, fue el realizado en 1434 bajo el mando del maestre de la
Orden, don Rodrigo Manrique, padre del famoso poeta Jorge Manrique. Consiguió
conquistar Huéscar para el rey Juan II, pero a los diez años volvieron a
perderla.
Después de ser frontera durante varios
siglos, Huéscar fue incorporado definitivamente a la Corona de Castilla por los
Reyes Católicos en el verano del año 1488. El propio rey Fernando vino a
Huéscar, como exigencia de los vencidos, para tomar posesión de la villa y
otorgar el documento de concordia o capitulación, mediante el cual se ordenaba y
prometía respetar la vida y las costumbres de los musulmanes: religión,
vestidos, gastronomía, lengua, etc.
Con la llegada de los cristianos comenzaba
para Huéscar una nueva etapa histórica.
Pocos años después de la conquista, en
1495, Fernando el Católico concedía a su cuñado don Luis de Beamonte, conde de
Lerín y condestable de Navarra, el gobierno y el marquesado vitalicio de
Huéscar, como cabeza de un inmenso señorío que incluía a Castilléjar, Zújar,
Freila, Vélez Blanco, Vélez Rubio y Cuevas de Almanzora. Este conde, que era
natural de Navarra, fue señor de Huéscar durante trece años, espacio de tiempo
que aprovecharon multitud de navarros para venir a vivir a estas tierras junto a
quienes se habían desplazado para gobernar la villa en nombre del conde su
señor. La mayor parte de estas personas se quedaron aquí cuando el señorío y el
marquesado desaparecieron a la muerte del conde, en 1508. Esas familias
arraigaron en el pueblo y nos legaron con el tiempo multitud de elementos de
nuestra cultura popular. Por ejemplo, de Navarra es la leyenda de la mujer
encantada que en la noche de san Juan sale a peinarse a la puerta de una cueva;
en Navarra también hay cuevas encantadas. Apellidos navarros son Sola, Peralta,
Iriarte, Irigaray, Irigoyen, Yturriaga, Navarro, Huarte, que luego derivó en
Hualte, Varte, Valte y Warte, de donde viene el nombre de esa calle, y Zabal,
que acabó llamando así a un cortijo situado en la carretera de La Losa y a pocos
kilómetros de Huéscar. También es navarro el apellido Viana, que ha quedado como
nombre de otro cortijo cercano a la Sagra. Viana es también, como Peralta, Lerín
y Huarte, el nombre de un pueblo de Navarra, y además de un muy antiguo título
nobiliario (el de Príncipe de Viana) que en la actualidad ostenta el Príncipe de
Asturias.
Y por supuesto, también los navarros nos
trajeron la devoción a nuestras santas patronas Alodía y Nunilón, santas por las
que la esposa del conde de Lerín, doña Leonor de Aragón, sentía gran devoción.
Para rendir culto a estas mártires se ordenó construir una ermita en la sierra
de la Sagra, adonde hace ya cinco siglos la gente del lugar peregrinaba para
presenciar el milagro de un olivo del que manaba un aceite milagroso.
Con el tiempo los oscenses harían suya la
tradición del martirio de las Santas, y crearían la leyenda de su nacimiento en
Huéscar (en la Dehesa del Horcajón, donde está la ermita), su bautizo en el Río
Santo –de ahí este nombre- por un cristiano llamado Lelio, y su martirio,
también en Huéscar.
El conde de Lerín, a quien merecidamente
nuestro Ayuntamiento dedicó hace años una calle, hizo donación a nuestra ciudad,
entonces villa, del lugar llamado “Dehesa del Horcajón”, donde estaba y está la
ermita de las Santas. Era el año 1504.
En 1513, cinco años después de la muerte
del conde, nuevamente el rey don Fernando concedía Huéscar como señorío
jurisdiccional, esta vez al II duque de Alba, don Fadrique Álvarez de Toledo, de
quien tomó su nombre nuestra vecina villa de Puebla de don Fadrique. Desde
entonces y por espacio de tres siglos los duques de Alba serían los señores de
Huéscar, hasta la abolición de los señoríos por las Cortes de Cádiz en 1811.
La función de los señores era ejercer las
tareas de gobierno, para las que nombraban a quienes querían, y recaudar los
impuestos en nombre del rey. Los cargos de gobierno más importantes eran el
alcalde mayor y los regidores, quienes tomaban las decisiones. Los alcaldes
menores tenían que vigilar por el correcto reparto de las aguas de riego y el
puntual y adecuado abastecimiento de carne y pescado, entre otras funciones. El
alguacil se encargaba de meter en el calabozo a quien el alcalde mayor le
ordenase, y el almotacén, oficio heredado de los árabes, era quien comprobaba
que los dueños de las tiendas no engañasen a los clientes manipulando las pesas
de las balanzas y las varas de medir los tejidos. Había, además, caballeros de
la sierra (una especie de guardas forestales), escribano, pregonero, verdugo,
carcelero, alcaide gobernador de la fortaleza, alarife, recaudador del Pósito,
procurador, etc.
También era obligación del Ayuntamiento
preocuparse de la realización y conservación de los caminos y carreteras
(caminos de carretas), del cuidado y la limpieza de los cauces de las acequias y
los ríos, la limpieza de los nacimientos de agua, y la construcción de puentes y
presas. Algunas muestras muy buenas de esas obras son las diversas presas de
piedra que hay subiendo por la carretera de las Santas, a la izquierda, y el
Puente de las Ánimas, por el que pasa la carretera que lleva a las casas del
Canal, cerca del Pantano de San Clemente. Merece la pena meterse debajo del
puente y observarlo detenidamente, porque es una auténtica obra maestra.
Los impuestos que los agricultores pagaban
en grano se almacenaban en la Tercia del Duque, un edificio que dio nombre a la
calle de las Tercias y que recordamos con dolor quienes lo vimos desaparecer
hace pocos años, junto a la casa y antigua escuela del maestro don Pascual
Dengra López, con quien muchos niños del pueblo aprendieron a leer y escribir, y
que todavía lo recuerdan.
Después de la conquista cristiana de la
villa, la población fue creciendo y por eso se empezó a ensanchar por detrás de
la muralla. Se construyó el Ayuntamiento y delante de él se realizó una plaza,
la Mayor de ahora, llamada entonces “Plaza de Afuera” para diferenciarla de la
“Plaza de Adentro”, que estaba dentro de la zona de murallas. Justo al lado se
rellenó con tierra el foso de la muralla para trazar una calle que desde
entonces se llama “Nueva”.
Dentro del recinto amurallado se procedió
a la construcción de las carnicerías, junto a la torre del Homenaje, y el Pósito
del pan, edificio municipal donde los agricultores dejaban parte de su cosecha
como reserva para cuando les viniese una mala racha. Era el Pósito lo que hasta
hace poco fue sede de la Banda Municipal de Música, junto al Arco. También junto
al Arco se dejó un espacio para que pusiesen sus tiendas los herreros del
pueblo.
Cerca de allí, junto al solar donde se
estaba levantando un gran templo, se trazó una nueva calle en línea recta en
dirección Norte para enlazar con el camino de las Santas, y que por ser la calle
más larga se le llamó calle “Mayor”. En otro lugar, junto a otro camino, nació
la “Plaza de Maza” cuando un regidor y escribano apellidado Maza construyó su
casa y colocó en la fachada su escudo de armas, que todavía sigue en su sitio.
Quien quiera saber a qué maza se refieren el apellido y el nombre de la plaza
sólo tiene que acercarse al escudo y mirarlo detenidamente. Enfrente de esa casa
se levantaron la ermita de Nuestra Señora de la Paz y el hospital de San
Ildefonso, desde donde partía la procesión de Jesús Nazareno el Viernes Santo
por la mañana. Arruinado el edificio tras el saqueo de 1936, fue vendido y
derribado.
Junto a la Plaza de Maza, dentro de la
muralla, estaba la mezquita musulmana, derribada para construir una iglesia que
primero fue de Santa María y cuando se empezó a usar la nueva iglesia del
arrabal tomó el nombre de Santiago. Esta iglesia fue patronato de los duques de
Alba y por eso tiene su escudo encima de la entrada. Fue parroquia desde su
consagración a comienzos del siglo XVI hasta el año 1900. Pocos años después
sufrió un aparatoso incendio y en 1936 perdió, entre otras cosas, el coro de
madera, del que sólo queda el recuerdo y el hueco de entraba en el muro de la
torre.
La nueva iglesia de Santa María fue
inicialmente un grandioso proyecto constructivo que respondía a la intención del
arzobispado de Toledo, al que perteneció Huéscar hasta 1953, de hacerse destacar
sobre los demás pueblos, que pertenecían a la diócesis de Guadix-Baza, salvo la
Puebla, que por pertenecer a Huéscar también era de Toledo. Por cierto que la
iglesia de la Puebla también es un magnífico edificio digno del obispado más
rico de España, como era el de Toledo. Finalmente nuestra iglesia de Santa
María, en cuya construcción trabajaron multitud de canteros y picapedreros
vascos, acabó simplificándose por problemas económicos. De este modo, la bóveda
inicialmente gótica redujo su altura muchos metros al cambiarse al estilo
renacentista. La torre no se construyó y su lugar quedó vacío e incluso sin
tejado. Las campanas se colocaron en un campanario de mala calidad que necesitó
muchas reparaciones y finalmente se vino al suelo con un terremoto que asoló
Andalucía en 1884, y que obligó a construir el actual.
En el interior lo más importante es el
coro, colocado en sustitución de otro más antiguo en 1728, como indica en latín
el letrero que hay detrás. Este coro era de uso exclusivo de los clérigos, que
se sentaban a rezar y cantar las oraciones en las Horas Canónicas. Vivían estos
clérigos en la casa de los Abades, en la calle de este nombre.
El escudo de piedra que hay encima de la
capilla de san José, y en la pared de la fachada de la calle comercio,
corresponde al miembro de la familia Serrano que ordenó su construcción ya
entrado el siglo XVII. Y la ventana con una reja de hierro que hay en la misma
pared encima del Sagrario es un hueco realizado para depositar el documento de
concordia que firmaron las diócesis de Toledo y Guadix-Baza en el siglo XVI para
poner fin al pleito que arrastraban sobre la asignación del territorio oscense a
uno u otro.
Sabemos que el cancel de madera de la puerta de entrada al templo por la calle
Mayor fue realizado en el año 1796 por un carpintero que tenía entonces sólo 21
años. Él mismo tuvo el detalle de dejarlo escrito en un trozo de papel que dejó
encajado entre las tablas y que ha permanecido allí durante más de doscientos
años. Este carpintero, llamado José María Andral, había nacido en Francia pero
se casó, murió y fue enterrado en Huéscar.
Hablando de edificios religiosos oscenses
no podemos olvidarnos de los conventos.
El más antiguo fue el de Santo Domingo,
fundado hacia 1547. Fue elegido como lugar de enterramiento por algunas de las
familias más importantes del pueblo y los miembros de la hermandad de Nuestra
Señora del Rosario, una de las tres hermandades que acogió entre sus muros.
También fue lugar de inicio y final de importantes procesiones y celebraciones
religiosas, entre ellas la entrada de las Santas, el Corpus Christi, el día de
san José, el día de nuestra señora del Rosario, etc. Lo más destacado del
edificio es su armadura de madera del tejado, auténtica joya artística realizada
en estilo mudéjar en el siglo XVI.
Los frailes fueron expulsados cuando el
Estado expropió el convento en el decreto de desamortización del año 1835.
Albergó un teatro desde 1858 hasta mediados del siglo XX, y desde entonces
permanece en el estado en que está ahora: abandonado. Aunque siempre cabe la
esperanza de su recuperación.
El convento de San Francisco fue
construido a partir de 1603 y tuvo mucha importancia por su labor intelectual y
educativa. Sus muros albergaron una cátedra de Filosofía. Sus frailes también
fueron expulsados en 1835, porque el convento también fue vendido por el Estado,
y ahora también sufre el abandono. De su admirable pasado todavía pueden verse
algunas pinturas de la vida de san Francisco en las celdas donde dormían los
frailes y una columna de mármol colocada el año 1677 y que hace años está en la
puerta de Santa María.
El convento que por fortuna todavía
persiste es el de monjas de Santo Domingo, en la carretera de Murcia. Fue
fundado en 1612. De él hemos de destacar su patio renacentista de madera,
verdadera maravilla, y su coro.
Del desaparecido convento de monjas de la
Consolación sólo hay que decir que fue fundado en los últimos años del siglo XIX
y que muchos estuvimos de excursión en su enorme huerta, cruzada por la acequia,
y acudíamos a su capilla cuando se llevaba a las Santas a la misa que se decía
cada año antes de las fiestas.
A finales del siglo XVIII fue creada la
población de San Clemente, a unos trece kilómetros de Huéscar. Para que sus
vecinos pudiesen oír misa se creó la parroquia de San Clemente. A la vez,
también se crearon las parroquias de Almaciles, la Toscana y las Santas, en su
ermita. Muy cerca de allí se creó un cementerio para el entierro de los muchos
parroquianos que vivían todo el año en los cortijos de la sierra. Se dice que un
párroco de aquella ermita murió asesinado por un bandolero hacia 1811, en un
lugar del camino que desde entonces es conocido como “Barranco del Cura”.
También merece destacarse por la
curiosidad de su origen la antigua ermita de Nuestra Señora de la Victoria,
actualmente en ruinas y en venta, que fue construida y dedicada a Nuestra Señora
de la Victoria como agradecimiento tras haber sofocado trabajosamente en 1571 la
rebelión de los moriscos sublevados desde 1568. Estos moriscos se habían alzado
en armas contra los cristianos después de que lo hicieran los que vivían en el
barrio granadino del Albaicín y las Alpujarras. En Huéscar y su comarca,
especialmente en Galera, la guerra fue muy cruenta. Los gobernantes oscenses
tuvieron que pedir ayuda a la duquesa de Alba, señora de la ciudad, y a los
concejos de Orihuela (Alicante) y Segura de la Sierra (Jaén). Ante la enorme
fuerza de los moriscos sublevados, el rey Felipe II envió un ejército al mando
de su hermano bastardo don Juan de Austria, que acabó la guerra. En Galera
sembró los campos de sal, ordenó ejecutar a todos los culpables y sospechosos, y
sus hijos y mujeres fueron vendidos como esclavos. En Huéscar los que
sobrevivieron fueron expulsados a tierras lejanas, en la actual provincia de
Salamanca, o hechos esclavos y vendidos.
En los siglos XVI y XVII Huéscar disfrutó
de gran desarrollo económico y urbano gracias a su abundancia de recursos
naturales y su buena situación geográfica. Las enormes extensiones de pinares
con que entonces contaba hicieron proliferar los aserraderos de maderas, que
cortaban los troncos que les llevaban aprovechando la fuerza de los cursos de
agua. Muchos franceses vinieron para trabajar como expertos cortadores de
árboles y tablones, y otros muchos se ganaron la vida transportando los troncos
hasta el pueblo con sus mulos y bueyes. La fama de nuestras maderas hizo que se
utilizasen para construir muchos edificios fuera de aquí, como el Palacio de
Carlos V en la Alhambra, e incluso barcos de guerra en los arsenales de
Cartagena. Para facilitar el transporte de los troncos hasta Cartagena se
intentó en tiempos de Carlos III, en el siglo XVIII, construir un gran canal que
no llegó a terminarse, pero que podemos ver en varios puntos.
El aprovechamiento de la madera generó
disputas entre los oscenses y sus señores los duques de Alba, quienes pretendían
ser los dueños de todo, cuando el dueño era el Ayuntamiento y no ellos. Al final
se llegó a una solución cuando Felipe II les concedió la propiedad de un gran
pinar en el camino a Santiago de La Espada. Se le llamó “Pinar del duque” y
ahora lo llamamos “Pinar de la Vidriera” en recuerdo de la fábrica de vidrios
que hubo por allí.
También fue muy importante en los siglos
XVI y XVII la ganadería de oveja merina para la producción y comercialización de
lanas. Huéscar se convirtió muy pronto en uno de los centros más importantes de
Andalucía en el lavado y la exportación de lanas al extranjero, gracias al
establecimiento de muchas familias de comerciantes italianos, sobre todo
procedentes de Milán y Génova. Compraban las lanas a los ganaderos, muchos de
ellos procedentes de Murcia, Jaén y Albacete, que venían a Huéscar cada año para
contratar el negocio. Aquí eran lavadas y preparadas para llevarlas al puerto de
Cartagena, desde donde salían rumbo a Italia. Allí las usaban para fabricar los
tejidos que luego traían a España para vender.
Entre las familias italianas que hubo por
entonces en Huéscar estaban los Cernúsculi, Cuarteroni, Veneroso, Deguan,
Usodemar, Gotardo –de ahí el cerro de Gotardo-, Bacoccio y Spínola. Uno de
ellos, llamado Maíno de Cernúsculi, nacido en Milán, llegó a poseer hasta tres
lavaderos de lanas, uno de ellos el que todos conocemos cerca de Fuencaliente
como la “fábrica de las lanas”. Otro estuvo en Parpacén.
El dinamismo económico atrajo a muchas
personas procedentes de muy diversos lugares de España: Vizcaya y Cantabria
(para trabajar como canteros en la iglesia), Pontevedra, Ciudad Real, Toledo,
Alicante, Segovia o Burgos. Los franceses, que llegaron algo más tarde, nos
dejaron los apellidos Breau, Dombidau, Casaubón y Lefebvre, algunos ya
extinguidos aunque no hace mucho tiempo, y la calle “de las Francesas”, aunque
no sabemos a qué francesas se refiere.
La prosperidad de que gozó Huéscar también
la tuvo la vecina villa de Puebla de don Fadrique. Este lugar, conocido desde
muy antiguo como “La Volteruela”, era inicialmente un pequeño grupo de casas que
creció mucho tras la conquista y llegó a tener casi tanta población como
Huéscar. Tomó su actual nombre en 1525 cuando el duque de Alba concedió una
petición hecha por sus mismos vecinos. Pertenecía a la jurisdicción de Huéscar y
por ello no tenía ni término municipal ni Ayuntamiento propios. Los vecinos
solicitaron su independencia de Huéscar y lo consiguieron a comienzos del siglo
XIX, cuando se le concedió el privilegio de villazgo y el derecho a disponer de
jurisdicción autónoma. Cuando los vecinos de la Puebla consiguieron constituir
su propio Ayuntamiento y tener su propio término municipal, perdieron el derecho
a utilizar las aguas de su término, ya que éstas habían sido concedidas al
Ayuntamiento de Huéscar por la reina Juana el año 1509. Los vecinos de la Puebla
sólo podían aprovecharse de esas aguas mientras perteneciesen a la jurisdicción
de Huéscar, pero al abandonarla, obviamente perdieron el derecho. Tal concesión
del año 1509 sigue hoy en vigor, para conocimiento de todos los presentes, y el
documento de la concesión original, con la firma autógrafa de la reina doña
Juana, se conserva en el Archivo Histórico Municipal de Huéscar. Las aguas
afectadas eran las que formaban el caudal de la acequia de Montilla,
correspondientes, entre otras, a las fuentes de la Cueva del Agua, Montilla,
Sahúco, Bancalejos, Maquillo y Cueva de la Cadena. Imprudentemente, quienes se
encargaron de trazar los límites de los nuevos términos municipales de Huéscar y
la Puebla incluyeron dichas fuentes en término de la Puebla, dándose la
curiosidad de que algunas aguas de Huéscar circulen por tierras de la Puebla.
Cosas de la Historia.
Ni que decir tiene que la devoción de los
pueblerinos por las santas Alodía y Nunilón se debe a la antigua pertenencia de
la Puebla a Huéscar. Cuando consiguieron la separación las nombraron por
patronas de la villa, como lo eran de aquí.
En cuanto a Almaciles, esta población es
también muy antigua y fue propiedad de los Serrano, una acaudalada familia de
Huéscar. Su personaje más conocido fue el capitán Pedro Serrano, que hizo
construir en Almaciles la iglesia de San Antón y en ella el panteón donde quiso
ser enterrado. Perteneció Almaciles a Huéscar hasta que la Puebla se constituyó
en municipio aparte.
Hacia los años finales del siglo XVII la
prosperidad de Huéscar toca a su fin. El negocio de las lanas entra en crisis
tras la introducción del algodón procedente de América, traído a España en el
seno de una actividad comercial mucho más rápida que poco tiempo antes, gracias
a la acción de muchas e importantes compañías comerciales extranjeras que
actuaban ilegalmente primero y luego aprovechando las leyes de libertad de
comercio dadas por el rey Carlos III desde 1768. Estas leyes acababan con el
monopolio comercial que ostentaba el puerto de la ciudad de Cádiz desde 1717,
cuando el derrumbe parcial del puerto de Sevilla hizo imposible la entrada de
los barcos. Las embarcaciones de las compañías extranjeras eran mucho más
rápidas y efectivas que los anticuados, enormes y lentos galeones españoles del
también pasado de moda sistema de flotas.
La decadencia de Huéscar se acrecentó con
la guerra de la Independecia (1808-1814). Los soldados franceses que vinieron
dejaron un importante rastro de destrucción y un recuerdo humillante que tardó
en olvidarse. Obligaron a los vecinos a acogerlos en sus casas y darles comida y
cama, además de entregarles grandes cantidades de grano para alimentar a sus
caballos. Como agradecimiento, saquearon todas las casas que quisieron e
incendiaron los conventos de San Francisco y Santo Domingo. Lo poco de valor que
de ellos quedó fue requisado por el Ayuntamiento y enviado a Granada para pagar
a las tropas españolas. Entre los bienes requisados había varales de palio y
objetos litúrgicos de plata. En Castril fue aún peor: los franceses quemaron y
saquearon todo el pueblo, de punta a punta.
Recordemos, a modo de anécdota, que el
jefe militar de los franceses que estuvieron aquí, el mariscal Soult, se hizo
tristemente famoso por saquear en Sevilla la iglesia de la hermandad de La
Caridad, de donde robó y llevó a Francia dos de las más importantes pinturas
españolas del Barroco: “In ictu oculi” y “Finis gloriae mundi”, del sevillano
Juan de Valdés Leal. Por cierto, que en el siglo XX fueron devueltas y llevadas
al lugar de donde nunca debieron salir.
He llegado en esta pequeña narración al
siglo XIX. De esta época sólo quiero mencionar una cosa más: la declaración de
guerra que el Ayuntamiento de Huéscar hizo al gobierno de Dinamarca el día 11 de
noviembre de 1809, en el contexto de las guerras napoleónicas, de las que yo no
tengo nada que decir.
Podría contar otras cosas referentes a
algunos edificios históricos que no he mencionado, o curiosidades sobre calles,
personajes ilustres de Huéscar, que los hubo, o casas solariegas con mucha
historia entre sus muros. Además, seguro que se me han olvidado cosas. Creo que
ha sido bastante. A quien tenga curiosidad por saber más cosas le animo a leer
lo que se ha escrito sobre la historia de Huéscar y los demás pueblos de la
comarca.
Con esta pequeña historia de Huéscar he
querido demostrar cómo nuestra tierra tiene un pasado lleno de curiosidades y
anécdotas, y que nuestra cultura y nuestra identidad como oscenses y la de cada
uno en particular como ciudadano de su pueblo es resultado de la mezcla de
varias culturas diferentes unas de otras, y cada una nos ha dejado una huella
propia. Parte de esa huella ya ha desaparecido, pero todavía nos quedan
monumentos, casas señoriales, escudos de piedra, tradiciones, etc.
He hablado sobre todo del pueblo de
Huéscar, pero es muy importante recordar que Huéscar es también una comarca, una
zona geográfica, y que la historia de cada pueblo que forma parte de ella afecta
a los demás a la misma vez que cada uno tiene su pasado particular y sus
monumentos y tradiciones. Yo os animo a conocer ese pasado, a aprender cosas
sobre vuestro pueblo y nuestra comarca, la de todos, y a respetar nuestra
historia y lo que las generaciones pasadas nos dejaron. Seguro que nos lo
agradecerían.
Muchas gracias por vuestra atención.
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