que sufriste por nosotros
el dolor, la condena y el suplicio,
concédenos a quienes nos confesamos cristianos
la fortaleza de aceptar
con ánimo valeroso
las pruebas que tu amor nos tenga reservadas,
y que, a pesar de las angustias,
las penas y las incomprensiones,
sepamos hacer brotar
enamoradas rosas de alegría
en nuestro corazón.
bajo la luna de sangre de Jerusalén,
tengamos a nuestro lado
un ángel de consuelo
que nos haga ligero tu peso,
llevadera tu carga,
para que podamos alcanzar un día
la felicidad que tu amor nos asegura.
la constancia para el esfuerzo,
la sonrisa para el trabajo,
la ilusión para el camino,
y así, tras compartir contigo
el cáliz del sufrimiento,
podamos compartir también
la prometida resurrección
y la gracia de la inmortalidad.
Por los siglos de los siglos. Amén.
1. Aprobada por la autoridad eclesiástica en el verano de 1994. Se estrenó en la Semana Santa de 1995.
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