RETABLO POÉTICO DE LA SEMANA SANTA OSCENSE

 

PRELUDIO

 

Como esas flores madrugadoras que brotan en los campos de la recién nacida primavera, como esas golondrinas que anuncian la llegada del buen tiempo, la Virgen de los Dolores recorre las calles de Huéscar el viernes anterior al Domingo de Ramos. Su imagen patética prepara nuestras almas para el terrible drama del Calvario. Tiene razón el pueblo cuando llama a ese viernes el Viernes de Dolores. María presiente ya la espada de dolor que va a traspasar su corazón. Mira al cielo. Y llora.

 

Hoy es viernes de Dolores,

triste viernes de Pasión,

hoy se anuncian los temores

que acechan tu corazón.

Hoy asoma en lontananza

una espada de dolor,

palidece la esperanza

y se oscurece el amor.

Desamparada caminas

sin compañía y sin luz

por un sendero de espinas

que te lleva hasta la cruz.

Tu corazón solitario

se hará rosa de dolor

deshojada en el Calvario

donde muere el Redentor.

 

DOMINGO DE RAMOS

 

El Domingo de Ramos no parece en Huéscar un día de Semana Santa. Las melodías de la Banda de Música ponen una nota alegre sobre la tristeza presentida. Desde el convento de las Madres Dominicas, refugio de almas elegidas, sube la multitud paseo arriba, hacia la Plaza. El ondulante mar de palmas bendecidas llena de gráciles temblores las calles de esta nueva Jerusalén. Hasta llegar a Santa María, corazón de Huéscar.

 

Jerusalén cobarde, si recibes con palmas

al Dios que va a salvarte del pecado y la muerte,

renuncia al egoísmo que envenena las almas,

conviértete y humíllate si no quieres perderte.

 

Jerusalén hipócrita, que agitas inconsciente

hoy la palma gloriosa, mañana el triste leño,

¿cómo es posible, dime, que a Dios omnipotente

quieras, tras el aplauso, condenar con empeño?

 

Tal vez en cada uno de nosotros existe

el mismo doble juego, la misma confusión,

y mientras nuestra vida de religión se viste

expulsamos a Cristo de nuestro corazón.

 

MARTES SANTO

 

Hace frío esta noche. La ermita del Angel, en las afueras de la población, es un hervidero de jóvenes. Ellos y ellas se preparan. Pies desnudos, manos atadas, caras cubiertas, silencio y sombra: son "los descalzos".

 

Desde el corazón oscuro

de la noche van saliendo

unas siluetas en sombra,

vestidas de paños negros.

Dos filas de pies descalzos,

cruces, cadenas de hierro,

y una luna solitaria

brillando en el firmamento.

 

Impresiona el silencio, la devoción, el recogimiento de estos jóvenes, hace unas horas bulliciosos y risueños. Van rezando el Vía Crucis y confesando en voz baja sus pecados. Son nuestros jóvenes cristianos. Callad, personas mayores, vuestras críticas y vuestros reproches. La juventud está con Cristo. La sangre nueva no olvida su destino divino.

 

La noche negra se abraza

a un Cristo que llevan muerto

y a una Virgen Dolorosa

que va llorando en silencio.

Como una rosa en penumbra

Huéscar se enciende a lo lejos,

crucificada en el filo

de un horizonte de fuego.

 

Cruzan el pueblo silenciosamente. El solitario tambor retumba apagado y severo. Y tras llegar a Santiago, ya con el frío de la madrugada helando sus pies peregrinos, el encuentro con Jesús Sacramentado.

 

Benditos los pies que buscan

a Cristo por el sendero,

las piedras y las espinas

nunca podrán detenerlos,

y cuando ya estén cansados

del camino polvoriento

y del dolor de estar solos,

Dios mismo saldrá a su encuentro.

 

JUEVES SANTO

 

Triduo Sacro. La historia se acelera. Impaciente Dios por nuestra salvación, en pocos días quiere lavar siglos de pecado humano. El ángel del huerto de los Olivos no basta para la tristeza del mundo. También nosotros apuramos el cáliz de nuestro dolor mirando pasar a Jesús con las angustias de la muerte en el rostro. El olivo balancea sus aceitunas maduras, a punto de caer sobre el perfumado manto de romero silvestre, cogido en el camino de las Santas. Cristo está dispuesto para el sacrificio. ¿Y nosotros?

 

Huele a romero el aire

y a flores de pasión.

Bajo grises olivos

se angustia el Redentor.

El ángel, que le ofrece

el cáliz del dolor,

enjuga entristecido

su sangriento sudor.

El mundo está en tinieblas,

la luna, sin fulgor,

los amigos, dormidos,

el arroyo, sin voz,

los clavos, preparados,

y Cristo, en oración.

 

El grupo escultórico de la Flagelación tiene tres figuras: un soldado romano, imperturbable, marmóreo, insensible; un sayón judío, negruzco, asustador de niños, que levanta la cuerda con la que azota a nuestro Salvador; y Cristo. Resignado y sereno, con las manos atadas a una columna baja, mostrando sus divinas carnes laceradas y llenas de cardenales. Los ojos del Salvador no condenan, su semblante exhala dolor interior. ¿Pregunta?, ¿se queja?, ¿duda?

 

¡Oh Señor, quién pudiera detener en el aire

la cuerda que enarbola ese odioso sayón,

o quitarle al soldado la lanza vengadora

que tal vez luego vuele a herir tu corazón!

Si de mí dependieran los rumbos de la historia,

nunca permitiría que sufrieras dolor.

¡Qué injusticia tan grande descargar en tus hombros

el peso de las culpas del mundo pecador!

No digas que tú mismo tu final elegiste,

pues pudiste salvarnos sin tanto sinsabor.

¿No bastaba la muerte? ¿No bastaba el suplicio?

¿Es que acaso sin penas no se muestra el amor?

¿Por qué la cruel corona de espinas afiladas?,

¿por qué irrisión y burla?, ¿por qué flagelación

si al poco, en el Calvario, entregarás el alma

después de andar tu amargo camino de pasión?

Señor, en tu tristeza se fundirá la mía,

y en tu gloria la gloria de mi resurrección.

Que mi carne soporte, látigo, tu castigo;

y tú, dolor del alma, hiere sin compasión.

 

Balanceándose bajo el peso de la cruz, el Nazareno parece recorrer la Vía Dolorosa de esta Jerusalén oscense. Su silueta encorvada se recorta en las paredes antiguas de las calles en penumbra. Carga con el peso de nuestros pecados. Y suspira. Pero en silencio, para que nadie pueda pensar que se arrepiente de lo que está haciendo. Huéscar lo mira con los ojos abiertos. Y guarda también silencio. Lo que se siente es demasiado grande como para decirlo con palabras. Cristo camina hacia su muerte. Hacia nuestra vida.

 

Jueves Santo. Cristo pasa

con la cruz. Su sombra pura

se funde con la tiniebla.

Solloza la noche oscura.

Pálida y triste, la luna

le va siguiendo las huellas.

La tierra llora en silencio.

Tiemblan de amor las estrellas.

Pesada cruz del pecado,

cruz de dolor. El gentío

siente al ver al Nazareno

un profundo escalofrío.

Camino del sufrimiento

Cristo pasa. Es primavera.

Tras la angustia de la muerte

la vida late y espera.

 

María Magdalena, mujer hermosa, sigue los pasos del Señor. La belleza sigue al bien y a la verdad. ¿Recuerdas, María, tu encuentro con el Maestro?

 

Con la cabellera al viento

Magdalena sonreía

bajo el sol del mediodía.

Jesús la miró un momento.

Y el corazón pecador

de la mujer de la vida

se hizo rosa arrepentida

para el verdadero amor.

 

VIERNES SANTO

 

Hay un momento especial en la Semana Santa oscense. Uno de esos momentos privilegiados en los que parecen regresar los recuerdos olvidados de nuestra infancia. La Verónica se acerca temblorosa al rostro del Nazareno, lleno de tierra, de sangre y de sudor. Lo limpia con una tela que encontró a mano. Y el milagro del amor hace que la divina cara quede impresa por tres veces en aquel relicario.

 

Por la Vía Dolorosa

la Verónica te halló,

cargado con el madero

para tu crucifixión.

Ensangrentado y doliente,

resignado a tu pasión,

de tus labios jadeantes

ningún reproche brotó.

Jerusalén te miraba,

pero no te defendió,

es más fácil ser cobarde

que demostrar compasión.

Y ella entonces, apiadada

de tu infinito dolor,

con un trapo que llevaba

tu sucio rostro limpió.

 

Eso sucede en la Plaza de Huéscar el Viernes Santo, igual que hace casi dos mil años ocurrió en Jerusalén. La Verónica, triunfante y agradecida por el regalo de Cristo, cruza rauda por entre los árboles que huelen a primavera.

Y el alma oscense, que ha asistido emocionada al prodigio, eleva desde su corazón una piadosa plegaria.

 

Si en un pedazo de tela

tu dulce faz se imprimió,

¿por qué no sella tu eterna

voluntad mi corazón?

Por tu primera caída,

ten piedad de mí, Señor.


Si con sangre de martirio

lograste mi salvación,

¿por qué contesto desdenes

cuando me llama tu voz?

Por tu segunda caída,

ten piedad de mí, Señor.


Si un cariño perdurable

me está demostrando Dios,

¿por qué son tan inconstantes

mis juramentos de amor?

Por tu tercera caída,

ten piedad de mí, Señor.


Ha llegado la noche. Pero Huéscar no duerme. Espera la representación del misterio de nuestra salvación. Las pálidas farolas iluminan las esquinas. Pero un lucero verde, que ha salido de la iglesia de Santiago, anula todos los demás resplandores. Es la Virgen de la Esperanza.

 

La noche entristecida

se incendia de repente

de cirios amarillos

y terciopelos verdes.

¡Es la Virgen, que pasa

luminosa y doliente!

¡La divina Esperanza

que ha vencido a la muerte!

A su paso de reina

coronada y solemne,

Huéscar estremecida

se humilla reverente.

Y una oración inmensa

se levanta y asciende

hacia la Virgen, Madre

de Dios omnipotente.

Es el rezo que brota

del corazón oscense,

la plegaria sincera

de este pueblo creyente.

Por la calle, a lo lejos,

la Esperanza se pierde,

pero queda en las almas

su señal para siempre.

 

El evangelista Juan, el serafín juvenil del Evangelio, acompaña a la Virgen en su camino de amargura.

 

Por la cuesta del Calvario

va san Juan, el buen amigo,

señalándole a la Virgen

la cruz donde muere Cristo.

El apóstol más amado

es muy joven, casi un niño,

pero va junto al Maestro

y los demás han huído.

Clavado en el sacro leño

la Virgen mira a su Hijo,

y el torrente de sus lágrimas

empapa el suelo bendito.

San Juan le ofrece un pañuelo,

mojado en su llanto mismo,

y cien perlas dolorosas

se engarzan en el tejido.

Desde entonces el apóstol

de la mirada de niño

lleva un pañuelo en su mano,

símbolo de su cariño.

 

Y calle Morote adelante, un Cristo de blancas carnes magulladas y ojos levantados al cielo, cruza el gentío. Todavía no ha muerto, aún respira. Se le nota un ligero movimiento en el pecho. ¿O es el tierno movimiento que le imprimen sus horquilleros?

 

Sobre un trono de caoba

que mecen los horquilleros,

la noche del Viernes Santo

pasa el Cristo del Consuelo.

Sus pupilas angustiadas

interrogan a los cielos,

por si es voluntad del Padre

tanto y tanto sufrimiento.

Cuatro velones alumbran

la palidez de su cuerpo,

y un murmullo de oraciones

le va saliendo al encuentro.

Dulce Cristo moribundo,

¡qué hermoso nombre te han puesto!

En las penas de la vida

tú serás nuestro consuelo.

 

El hermosísimo trono es llevado a hombros por los horquilleros de la Hermandad de la Soledad. Cuarenta jóvenes mecen delicadamente al Cristo del Consuelo.

 

¡Horquilleros! ¡Con cuidado!

¡Que es el Cristo del Consuelo!

¡Qué envidia le dais al mundo

cuando pasáis en silencio,

humildemente orgullosos,

templados, firmes y serios,

sosteniendo en vuestros hombros

al dueño del Universo!

Y ¡qué emoción cuando el trono

asciende, casi sin peso,

hasta tocar las estrellas

y rozar el firmamento!

¡Cómo suenan los aplausos

que os regala vuestro pueblo!

¡Horquilleros! ¡Más despacio!

¡Que la gente quiere verlo!

¡Así! ¡Muy bien! ¡Con cuidado!

¡Que es el Cristo del Consuelo!

 

La Virgen de los Dolores, la del manto azul, la de los ojos fijos en el cielo, cruza la noche de Huéscar. La más humana de nuestras vírgenes, la más expresiva, la más hermosa. Afortunado Salcillo, que supo representar como nadie la angustia serena, el callado dolor de la Madre de Dios. Y afortunados nosotros, que al verla llorar sentimos lágrimas en nuestros ojos. ¡Dios te salvó, María! ¡Sálvanos tú a nosotros!

 

¡Dolorosa! Virginal

resplandor del sol poniente,

crepuscular y doliente

luminaria celestial.

Suplicando compasión

tus ojos miran al cielo.

Un puñal de desconsuelo

traspasa tu corazón.

No te arranca la tristeza

el eco amargo de un grito.

Tu sentimiento infinito

engrandece tu belleza.

Las lágrimas del dolor

dan a tu cara morena

con palidez de azucena

sangrientas rosas de amor.

En ti lloran su amargura

y el sufrimiento profundo

todas las madres del mundo

que padecen desventura.

Para calmar tu aflicción,

Madre mía Dolorosa,

Huéscar, creyente y piadosa,

te ofrece su corazón.

 

Hay un silencio respetuoso en las calles de Huéscar cuando aparece el venerado Cristo de la Expiración sobre su magnífico trono de plata. La gente no respira. Contempla y medita. El moreno cuerpo, cuajado en el último estertor de su agonía, ha quedado agarrotado. Los brazos tensos, la cabeza caída, los ojos aún entreabiertos. Momento sublime el que eligió el artista. Momento crucial en la historia del mundo. Cristo acaba de morir.

 

Los vientos se han detenido,

las flores pierden su olor,

las fuentes escupen sangre,

tinieblas cubren el sol:

en la cima del Calvario

ha expirado el Redentor.

 

Insensibles criaturas,

si al contemplar su dolor

no se os rompen las entrañas

ni se os parte el corazón,

¿cómo para vuestras culpas

solicitáis compasión?

Reconoced, pecadores,

la grandeza de su amor.

 

Tristeza sienten los cielos,

temores la Creación:

en la cruz del sufrimiento

ha expirado el Redentor.

 

Cristo, exangüe, reposa en brazos de María. La hora más triste para una madre ha llegado para la Virgen. Y sin embargo, no hay reproches ni maldiciones, sólo llanto, sufrimiento y piedad. La Virgen de la Piedad, al pie de la cruz vacía, sabrá comprender y consolar nuestros dolores.

 

Piedad, dulce Señora, para las rosas mustias,

para las tenues rosas de mi amor vacilante

que ha pasado de largo sin mirar las angustias

que sufre en el silencio tu corazón amante.

 

Piedad para las voces que piden esperanza,

piedad para los sueños que nunca se han cumplido,

para la primavera que asoma en lontananza,

y para los recuerdos que huyeron al olvido.


Hoy, al verte llorosa, mi corazón devoto,

culpable de tu pena, se ha quebrado en pedazos

como un lirio tronchado, como un espejo roto,

y he querido morirme de tristeza en tus brazos.

 

En su urna de madera dorada y cristales, Cristo yace muerto. Parece que todo ha acabado. ¿Qué pensaste, María? ¿Qué pensasteis, discípulos? ¿Qué piensas, creyente?

 

Cristo ha muerto. Sus amigos

lo han bajado del madero.

Con el corazón sin pulso

y el semblante descompuesto,

María, rota de pena,

pone en sus ojos un beso.

Con sus lágrimas lo limpia,

lo aprieta contra su pecho.

¡Tener un hijo, y mirarlo

cadáver, siendo tan bueno!

Entre cuatro se lo llevan

en una sábana envuelto,

y en el sepulcro lo dejan

solo, triste, inmóvil, ¡muerto!

 

No importa haber contemplado esta procesión durante muchos años. La emoción no disminuye. Parece que compartimos con Cristo su suerte humana: el dolor y la muerte. El domingo habrá resurrección, pero esta noche sólo hay tristeza. Hoy estamos más cerca del sepulcro cerrado que del sepulcro abierto, más cerca de la pena que de la esperanza. Cristo yacente, Cristo sepultado, has muerto por nosotros, y a veces también, porque somos pecadores, has muerto en nosotros. ¡Vence a la muerte! ¡Resucita y resucítanos!

 

¡Qué atardecer sin fragancias,

qué soledad sin consuelo,

qué dolorida nostalgia,

qué oscuro remordimiento!

Entre sombras funerarias

Cristo duerme en el silencio.

El mundo piensa que ha visto

su fracaso sin remedio.

¡Pero al alba del domingo

despertará de su sueño!

 

La última imagen que sale en procesión la noche del Viernes Santo oscense es la Virgen de la Soledad. Majestuosa en su trono de luces y flores blancas, camina lentamente desde su ermita hasta la iglesia de Santa María, para regresar al día siguiente. Su larguísimo manto de terciopelo negro con estrellas de oro cuelga por detrás del trono. La toldilla, bordada por manos magistrales, se cimbrea sostenida levemente por las enhiestas palmeras de plata de los varales. Ella es la Madre de Huéscar. Y Huéscar la mira con admiración, con ternura, con un piropo en los labios y una plegaria en el corazón.

 

¡Dios te salve, Virgen mía,

lirio de fidelidad,

lucero que anuncia el día!

¡Dios te salve, Soledad!

 

Como incienso de pasión,

dolorida y solitaria,

sube al cielo la plegaria

de tu triste corazón.

 

No llores, Madre, no llores,

que para calmar tu llanto

Huéscar bordó sus amores

con lágrimas, con dolores

y estrellas sobre tu manto.

 

¡Dios te salve, Madre mía,

rosa de melancolía,

Virgen de la Soledad!

¡Dios te bendiga, María,

por toda la eternidad!

 

SABADO SANTO

 

La Virgen de la Soledad es la huésped de honor de la iglesia de Santa María durante la noche del Viernes Santo y hasta el atardecer del Sábado. Entonces emprende el camino de regreso hacia su ermita. El pueblo oscense, que siente por ella verdadera pasión filial, la acompaña en su recorrido. Miles de personas la ven pasar o la esperan a la puerta de la ermita para cantarle a modo de despedida:

 

Estrella del cielo oscense,

lucero de la pasión,

que lloras, triste y callada,

la muerte del Redentor,


No estás sola en tu agonía,

Virgen de la Soledad,

nuestro corazón confía

vivir en tu compañía

por toda la eternidad.

 

Allí la está esperando el Cristo del Consuelo. Nuestra Virgen de la Soledad no está sola. La acompaña su Hijo. Y sus devotos.

 

Señor, si por mis pecados

te sentenciaron a muerte,

¿cómo es posible que al verte

no llore mi corazón?

 

Si en esa cruz te han clavado

por una injusta condena,

quiero compartir tu pena

para alcanzar tu perdón.

 

Aunque la tierra y el cielo

se nublen en tu pasión,

nuestras almas con anhelo

esperan tu redención.

Santo Cristo del Consuelo,

nuestras almas con anhelo

esperan tu redención.

 

Para salvar a los hombres

tanto amor fue necesario

que a la cima del Calvario

subiste para morir,

siendo el dueño de la vida,

como inocente cordero,

desangrado en un madero

nos quisiste redimir.


Aunque la tierra y el cielo

se nublen en tu pasión,

nuestras almas con anhelo

esperan tu redención.

Santo Cristo del Consuelo,

nuestras almas con anhelo

esperan tu redención.


DOMINGO DE RESURRECCIÓN

 

El domingo no sale a la calle ninguna imagen. Sale Cristo mismo, Dios hecho pan de salvación. La Sagrada Forma aparece dentro de la custodia más bella del tesoro parroquial: la "Torrecilla", la legendaria custodia renacentista que parece cincelada por manos de ángeles. Joya centenaria, poema en plata, rosa triunfal. El arte humillado ante la gloria de Dios. Y la primavera, que ha llenado las noches oscenses de tibios perfumes, guarda todo su esplendor para este día, el más alegre del año. Cristo ha resucitado. Dios ha cumplido su palabra. La cumplió en su Hijo y la cumplirá en nosotros.

 

Mañana de primavera,

Pascua de Resurrección.

Sobre los cielos azules

despliega su gloria el sol.

 

Canta la fuente en la plaza

su cristalina canción.

En el pecho enamorado

salta y brinca el corazón.


En la rama, que el invierno

despiadado deshojó,

como segura promesa

quiere despuntar la flor.


Mañana de primavera,

¡Pascua de Resurrección!

Cristo ha vencido a la muerte.

¡Hoy está más cerca Dios!



EPÍLOGO

 

Y por fin, como un epílogo de la Semana Santa, el lunes de Pascua llegan las Santas. No es posible describir la pasión de Huéscar por sus Santas. Es un sentimiento tan visceral, tan unido al hecho de ser oscense, que tiene algo de patriótico, de familiar, de eterno. Muy de mañana, con el aire fresco cortando la cara, Huéscar llega hasta la ermita de la sierra a recoger a sus Niñas. Las baja amorosamente, deteniéndose ante cada grupo que por el camino las saluda y las vitorea. En los lugares señalados por la costumbre, los devotos de Alodía y Nunilón, con ellas en hombros, se meten en el agua casi helada que baja por la acequia saltando desde las alturas de la Sagra. Y por la noche, las Santas hacen su entrada triunfal en la población. Como unos visitantes esperados durante mucho tiempo, como unos familiares a quienes se recuerda con cariño. La Plaza y la iglesia de Santa María hierven de gente con una sola garganta y un solo corazón. Huéscar recibe a sus patronas, a las Santas benditas. No hay nada más grande. Momentos inenarrables, cuajados de emoción y de alegría. ¡Benditas sean ellas y bendito sea el pueblo que conserva tan arraigados su devoción y su amor!

 

Los caminos del monte

huelen a fiesta

porque han visto a las Santas

y es primavera.

Hasta los cielos

más azules parecen

y más serenos.

 

De la Sagra hasta el valle

no hay una rama,

ni una flor, ni un arroyo,

que a nuestras Santas

con vivo anhelo

no le mande amoroso

siquiera el eco.

 

Las campanas de Huéscar

tocan a gloria

anunciando que llegan

nuestras Patronas.

Son sus tañidos

una mezcla de coplas

y de suspiros.

 

No añoréis el refugio

de vuestra ermita,

porque el pueblo de Huéscar

os necesita,

y en cada pecho

las plegarias se elevan

como en un templo.

 

En el tronco del árbol

de mi cariño

vuestros nombres sagrados

tengo yo escritos.

Y cada día

os ofrezco las rosas

del alma mía.